Este fin de semana pasaron dos cosas que me han reactivado la pluma. La primera, el haber leído un artículo acerca de cómo obtener mil fans-incondicionales para la banda. Una de las sugerencias, de hecho la más marcada, era estar en contacto con ustedes, simples mortales, al través de blogs y cosas de esas. Así que pronto verán en nuestro sitio cosas como venta de playeras sudadas, impregnadas, claro, con nuestra propia esencia, rolas inéditas (esas de las que verdaderamente nos avergonzamos y nunca pondríamos en un disco, a mucho la donaríamos a alguna banda hermana para que la grabe en el suyo) o nos inventaremos y postearemos alguna entrevista de  la Rolling Stone México, que jamás nos han realizado. Todo esto, queridas ovej, cof cof, fans, con la finalidad que, fieles seguidores, compren todo lo nuevo que va a llegar con nuestro también nuevo disco.

Y la segunda razón la provoca uno de esos efectos que llegan después de mucho tiempo de mantener la causa. Hace muchos -muchísmos- años cayó en mis manos un libro que se titula “La mujer dormida debe dar a luz”. Seguramente algunos de ustedes ya han, sino leído, escuchado de este enigmático libro así como su enigmático personaje, un mexicano del que sólo conocemos su pseudónimo, “AYOCUAN”, nombre que evoca el de un famoso poeta mexica, quien reflejaba en su poesía un profundo sentimiento de meditación y reflexión. Este libro inicia una de esas buenas cosas que vienen en tres: La trilogía comprendida por “La mujer dormida debe dar a luz”, “Tlacaélel, el azteca entre los aztecas” y “Regina. 2 de Octubre no se olvida”, estos dos últimos escritos por Don Antonio Velasco Piña, quien, algunos afirman, no es otro sino el mismísimo Ayocuan en persona. Esta trilogía, al paso de los años, se ha convertido en culto subterráneo de grandes sectores de la sociedad, filósofos, psicólogos, antropólogos, incluso políticos (como la cúpula de Fox, nada menos).  Como buen amante del new age, devoré en su momento la trilogía y fui impactado enormemente por ella. Hace un par de meses me volvió a surgir -no sé de dónde- la enorme necesidad de leerla nuevamente. Compré un ejemplar usado de “La mujer dormida debe dar a luz” y comencé de nuevo. El sábado mismo terminé el libro, y, “curiosamente”, el mismo sábado por la noche fuimos invitados por una tercera persona -gracias Mónica-, los Encordados y bellas damas que siempre los acompañan, a una plática-caminata por Chapultepec con el mismísimo autor de tales libros: Don Antonio Velasco Piña. De esas cosas que verdaderamente ponen la piel de gallina, ya que jamás hemos tenido contacto alguno con él.

El domingo a las 8.00 am del nuevo horario de verano, arribamos en la dirección acordada, muy cerca de la entrada oriente del parque de Chapultepec. 60 personas aproximadamente conformábamos la comitiva que, en su mayoría, estaba formada por mujeres de todas edades. La cita era en la casa que ocupara la misma Regina en su breve estancia final en México, casa de donde saliera a la plaza de Tlatelolco ese 2 de Octubre de 1968 y a la cual trajeran de regreso su cuerpo inerte, impactado en la espalda por seis balas, y que perteneciera a la familia del señor Velasco Piña.

A las 8.15 empezó la breve plática con Don Antonio, hombre de edad avanzada pero en absoluto senil. Don Antonio desborda enorme pasión en cada palabra y en cada paso. Con palabras claras relató la trayectoria de la caminata que íbamos a realizar, así como su místico significado: Entrando por la puerta oeste (aquella que está en Av. Constituyentes, justo en el mercado de flores), llegaríamos a los baños de Moctezuma, lugar ritual de purificación mexica, para, tras una breve meditación destinada a dejar el acelerado ritmo de la ciudad y armonizar con el espíritu del bosque, seguir hacia un pequeño monumento dedicado a los niños héroes, ubicado a un costado del castillo, teniendo que cruzar primero un pequeño puente, con toda la simbología que este representa, que es la de unión entre dos niveles distintos de conciencia. Antes de llegar al monumento mismo, pediríamos permiso al único vivo de los 4 árboles guardianes del bosque, un ahuehuete de al menos 20 metros de altura. Saludando a los 4 puntos cardinales, y solicitando el permiso correspondiente para adentrarnos en la zona mencionada, arribamos al citado monumento y, frente a él, nuestro siguiente objetivo: Un enorme ahuehuete seco, apodado “El mayor” por los cadetes del antiguo colegio militar, colegio instalado en aquella época en el castillo de Chapultepec. A la sombra de dicho árbol se planearon tanto la defensa del castillo, que en 1847 realizaran los niños héroes ante el invasor Norteamericano, como la resistencia “espiritual” del movimiento del 68. Según Don Antonio, este ahuehuete, en compañía de varios más, ofreció su vida en sacrificio en la misma plaza de las tres culturas, junto con otros varios cientos de personas, ese 2 de Octubre de 1968.

Desde este punto iniciaríamos una primera caminata de poder que culminaría en una hermosa y antigua plazuela, la plaza del quijote, todo siempre dentro de Chapultepec. En este punto se realizaría otra meditación tendiente a hacer contacto ya no con el espíritu del bosque, sino con nuestro yo interno. Realizado este propósito iniciamos una segunda marcha de poder, aún más vigorosa que la anterior, que terminaría ante un segundo ahuehuete, igual de alto que el primero, y que sería objeto de múltiples abrazos y peticiones por parte de los asistentes. Al hacer un círculo alrededor de dicho árbol y proceder a pronunciar la palabra de poder ¡Me-xíhc-co. Me-xíhc-co. Me-xíhc-co! se dieron por concluidas las caminatas. A continuación pasamos a una pequeñísima isleta, que es la única parte femenina del bosque, ya que, en su inmensa mayoría, el bosque es solar -o masculino.- Aunque la visita no tenía motivo otro que el de conocer dicha isleta, se improvisó una pequeña e informal canto-oración, que al ser un lugar femenino, precedió una de las mujeres que acompañaba a Don Antonio. Procedimos a dirigirnos en forma ordenada al último lugar de nuestra caminata, hogar de diversas manifestaciones artística desde tiempos ancestrales. El lugar se conoce ahora como “Audiorama”, y antiguamente fue conocido por el nombre de la agrupación de artistas que ahí florecía, conocidos como “in xóchitl in cuícatl -en la flor, en el canto-”. Ahí procedimos a relajarnos con la música del lugar y, después de pocos minutos, nos reunimos afuera del audiorama, otra vez al pié del “mayor”. Ahí procedimos a concluir la ceremonia saludando, en  las 6 direcciones del viento. Terminada la ceremonia, nos dirigimos de nuevo a la casa de Don Antonio. Ahí recibimos una hermosa plática acerca de la vida y obra de Regina, para después, en grupos pequeños, pasar a la habitación que ocupara por algunos meses dicho personaje. La pequeña habitación aún conserva varios efectos personales de Regina. El pequeño catre donde seguramente dormía, con una blanca tela bordada cubriéndole a manera de colcha, algunos pequeños instrumentos que reconocí tibetanos sobre una discreta mesa -una especie de sonaja con piedras de brillantes colores, de la cual desconozco el nombre, un pequeño cetro y un rosario-, un gastado cuadro de tela colgado en la pared como único adorno, donde se aprecian las figuras de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Una indescriptible atmósfera reina en la habitación, la palabra más cercana tal vez sea “densa”, de esos ambientes cargados de una energía que aún no logra abandonar del todo el cuarto que la contiene. Terminada la visita, procedimos a abandonar la casa, no sin antes apuntar nuestros correos electrónicos en una pequeña hoja, con la promesa de los organizadores de que en breve se empezarán a realizar una serie de actividades destinadas a terminar de despertar la conciencia de este gran pueblo al que pertenecemos.

¡Me-xíhc-co. Me-xíhc-co. Me-xíhc-co!

“Que no caigan en la bajada ni en la subida del camino,
que no encuentren obstáculos, ni detrás ni delante de ellos,
ni cosa que los golpee. Concédeles buenos caminos,
hermosos caminos planos”.
Popol-Vuh

Para aquellos interesados en la obra de Velasco Piña, he aquí una breve síntesis de lo que ella plantea. Saludos, y hasta la próxima.

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En “La mujer dormida debe dar a luz”, Ayocuan  pasa de ser un entusiasta joven estudiante de historia a un iniciado del budismo tibetano, que es una mezcla, en su mayor parte, del budismo Mahayana y la religión de carácter animista y mágico, llamada Bön. La tesis central del libro descansa en la teoría de que la humanidad, a lo largo de toda su historia, ha venido expandiendo su conciencia y obtenido conocimiento a través de dos grandes facultades innatas en él: La capacidad de Intuir y la capacidad de Razonar. Estas dos facultades, usadas de manera alternada y/o combinada, han dictado los avances, a lo largo de decenas de milenios de años, tanto en el conocimiento humano, como en las condiciones sociales de la época.  Estas dos capacidades se desarrollan de manera separadas, por etapas, es decir, primero la conciencia humana crece gracias a la obtención de conocimientos por medio de una etapa de predominio de la “Inteligencia Racional”, después otra etapa de predominio de la “Intuición Emotiva” y, por último y para finalizar el ciclo, una etapa en la que se mezclan, equilibradamente, ambas facultades, para, al finalizar esta, dar inicio a un nuevo ciclo completo, con la llegada, nuevamente, de  la Inteligencia Racional como medio primario para la obtención de conocimientos.  Así pues, y siguiendo las teorías planteadas en “La mujer dormida debe dar a luz”, la Humanidad se encuentra justo ahora en uno de esos cambios de etapa. Para poder descubrir cuál es la etapa que nos ha tocado vivir y que está llegando a su fin, debemos primero analizar las últimas 3 etapas que han cubierto el avance de la humanidad.

“Última etapa del predominio de la Inteligencia Racional”

La última etapa del predominio de la Inteligencia Racional llega a su fin abruptamente aproximadamente 12 mil años antes de la era actual, como consecuencia de un cataclismo de proporciones mundiales. Estos pueblos alcanzaron grandiosos avances tecnológicos y científicos que encauzaron al aprovechamien­to de diversas “fuerzas cósmicas”, pero no es posible afirmar con seguridad si fueron éstos mismos avances los que al final se volvieron contra ellos haciéndolos perecer. Lo que sí es un hecho es que estas culturas terminaron sus días de manera violenta y rápida, sin dejar prácticamente restos de ellas. Hoy en día las culturas más antiguas guardan memoria de terribles desastres naturales (enormes inundaciones, terribles erupciones volcánicas, súper terremotos). De los pueblos que vivieron en esta etapa, únicamente quedan vestigios de sus poderosas máquinas regadas alrededor del mundo (las pirámides de Teotihuacán y de Ghiza son un par de ejemplos).

“Última etapa del predominio de la Intuición Emotiva”

Después del cataclismo que casi terminó con la humanidad, los escasos sobrevivientes fueron poco a poco reagrupándose hasta cumplir, casi tres mil años después, con la masa crítica de personas que pudiera dar inicio a otra etapa en la evolución de nuestra conciencia grupal. Poco a poco pueblos como el Chino, el Hindú, el Egipcio, las culturas peruanas y, por supuesto, las mexicanas, por mencionar algunas, fueron floreciendo hasta alcanzar el esplendor que todos conocemos. La humanidad había entrado en una nueva etapa y la  intuición emotiva florece por todas partes. Culturas plagadas de dioses pululan por doquier, y la ciencia y la tecnología prácticamente desaparecen de la faz de la tierra por miles de años, sustituidas por rituales y prácticas chamanísticas y espirituales, encaminadas a la alteración de la conciencia y, por ende, a la obtención de conocimientos por medios y en esencia muy diferentes a los de la razón. Los sacerdotes son líderes no sólo espirituales, sino políticos, y en casi todas las culturas de la época se diviniza a los dirigentes, dándoles el carácter, incluso, de Dioses vivientes. Esta etapa de la humanidad concluye, al contrario de la anterior, por vejez. El desgaste natural ocasionado a lo largo de miles de años de obtener conocimiento por este medio indica el final de esta etapa, y el consiguiente nacimiento de la siguiente.

“Última etapa de equilibrio entre la Intuición y la Razón”

La última de las tres etapas del ciclo inicia aproximadamente dos mil años antes de la era actual. Dos mil años antes de Cristo alcanzó su esplendor la que con el tiempo vendría a ser la cultura que marcaría la transformación en la forma de obtener conocimientos de la humanidad. La cultura Griega florecería como la cultura en que el equilibrio entre ambos mecanismos se haría presente por primera vez en un pueblo, y con ella florecerían otras culturas, como la bizantina, la árabe y, por supuesto, la que, en su acepción más restrictiva sería llamada “Occidental”. Es importante mencionar que, para alcanzar una mesura, es necesario un pequeño retroceso, en cuanto a los avances adquiridos en cada etapa previa, para poder llegar a este ansiado equilibrio. Esto no representa en sí mismo una regresión,  ya que la conquista del equilibrio en el desarrollo de ambas facultades constituye en sí misma un progreso; por otra parte, resulta indispensable para poder cerrar el ciclo de tres tiempos, e iniciar uno nuevo ya en un nivel más alto, lo que permite que las correspondientes transformaciones de consciencia de cada una de las nuevas Edades superen a las alcanzadas en las Edades del anterior ciclo. Podemos adivinar entonces, que estas culturas no igualan a las surgidas en las dos Edades anteriores en lo que hace a sus esferas respectivas; por ejemplo, no alcanzan ni el máximo poder razonador de las primeras, ni la extrema capacidad intuitiva de las segundas. En la actualidad todas estas culturas no sólo se encuentran ya fosilizadas, sino también sujetas a un proceso de desintegración que culminará con su total extinción, incluyendo a la cultura occidental, que desde el siglo XVIII agotó ya todas las posibilidades de continuar el proceso de am­pliación de consciencia del género humano dentro del punto de equilibrio intuición-razón, característico de esta edad. Es por ello que, a partir de entonces, la humanidad ha ve­nido tratando de llevar al cabo otro gran esfuerzo tendiente a transformar su consciencia e iniciar así una nueva edad histórica. El continuo avance de la ciencia y la tecnología, que constituye el hecho más destacado de los últimos siglos, es un síntoma evidente —para todo aquel que sepa interpretar la marcha de la historia— no sólo de que la especie humana está tratando nuevamente de lograr desarrollar una de sus facultades fundamentales, sino también de cuál se­rá el seguro signo de la próxima edad: el de la inteligencia racional. Sólo falta vislumbrar ahora cuál será la civilización que marcará el inicio de la nueva etapa, ya que el avance científico está muy lejos de significar por sí mismo una cul­tura, es una simple acumulación de datos no encuadra­dos todavía dentro de una superior visión de conjunto.

“La mujer dormida debe dar a luz”

Como resultado final de su educación en el Tíbet, Ayocuan debe encontrar la respuesta a tan enorme interrogante: ¿Cuál es la cultura en la que se manifestarán las nuevas características de la etapa por venir? Después de una larga dilucidación, el discípulo llega a una conmocionarte como patriótica conclusión: “México es la región de la Tierra donde existen ac­tualmente mayores posibilidades para el surgimiento de una nueva cultura. Estas posibilidades alcanzarán su época más propicia en el período que mediará entre el momento en que la población de esta nación llegue a setenta millones de per­sonas y aquel otro en que se rebasen los setenta y siete mi­llones de habitantes”. Para los que deseen saberlo, México llegó a esa cantidad de habitantes alrededor del año 1970.

Ayocuan termina su entrenamiento en el Tíbet con la resolución de este acertijo. Su maestro, como una recomendación final, dirige las siguientes palabras a Ayocuan:

“—Siempre he creído que la hipótesis más probable para que el mundo llegara a su fin en el último ciclo de la Inteligencia Racional, es que hubo una guerra entre las más grandes potencias de aquel entonces, las cuales utilizaron para fines bélicos los profundos conocimientos científicos que poseían en lo que hace el mane­jo de “fuerzas cósmicas”. De haber sido así, esto nos indicaría que por lo que se refiere al proceso de ampliación de la consciencia a través del desarrollo de la inteligencia racional, los seres humanos no alcanzaron en aquel entonces el grado de evolución suficiente para captar el contenido de una gran verdad, una verdad que fue descubierta más tarde a través de la intuición emotiva y que ahora necesita ser comprendida plenamente por la razón, si en verdad se desea reiniciar el interrumpido desarrollo de esta facultad.

— ¿Qué verdad es ésa maestro?

Las facciones del lama expresaban una inusitada grave­dad; en sus ojos parecía brillar una extraña luz capaz de contemplar el pasado más remoto y después proyectarse a un futuro aún lejano. Jamás olvidaré aquel instante ni las pala­bras, sonoras y firmes, que dieron respuesta a mi pregunta:

La de la unidad de la humanidad.

A continuación añadió:

—Solamente si esta verdad es descubierta y comprendida a través de la razón, será posible evitar que ocurra una ca­tástrofe similar a la de hace catorce mil años. La humanidad no es una simple yuxtaposición de seres, existen ligazones de cohesión en el interior de la especie humana, en tal forma que ésta constituye, un todoque precisa de un armónico funcionamiento. Cuando un hombre o un conjunto huma­no ataca a otro, la totalidad de la humanidad resulta dañada, pero no en un sentido metafórico sino real. Únicamente si lo anterior es comprendido racionalmente y si luego se pro­cede a establecer fórmulas operantes de integración entre las diferentes sociedades y naciones que les permitan actuar co­mo una unidad organizada, será posible que prosiga la evolución de la humanidad. Esta habrá de ser la principal mi­sión de la nueva cultura”.